jueves, 2 de julio de 2015

TREMEBUNDICIAS




 CAPÍTULO 1: LA MARCA

Ese día Rupert X llevaba el pelo rojizo porque tal era el tono que solía utilizar su clienta, Rudorífera. Le había costado rebanar todos esos folículos gruesos pero escasos que la anciana se había preocupado por peinar hacia el mismo lado, disimulando las zonas libres de pelo que ella no quería llamar calvas. Las tijeras saki katana no le satisfacían, el corte que proporcionaban no era excesivamente original y era difícil innovar con esa cabellera quebradiza. Le habría gustado usar un sifón de gasolina para poder purificar su satánica mata de ondas imperfectas en extinción.  Pero allí estaba Rupert X, delante del espejo, mirando por duodécima vez la zona occipital de Rudorífera. Deseaba que el siguiente material que obtuviera de ella le sirviese para rellenar la parte de la coronilla de la peluca, donde había dejado un círculo amplio y simétrico esperando ser completado con la sesión de hoy.
                -¿Qué le ha pasado ahí? –dijo Rudorífera señalando la cabeza de Rupert X - ¿Estrés?
                -Ah, no, sólo que me he quemado accidentalmente la coronilla con el secador.
               -Oh ¡Qué horror! –dijo la señora cubriéndose la boca con la mano y dirigió la mirada hacia la estantería que tenía al lado, llena de peines y secadores.
                -No se preocupe, no me lo hice con ninguno de éstos –respondió Rupert.
  -Bueno, de todas formas no hace falta que me peine hoy.
-¿Está segura? Hoy no le costará dinero, tenemos oferta – Rupert le señaló la pizarra en la que estaba escrito en tiza “Oferta del día: córtese el pelo y le saldrá gratis el peinado”. 

Rupert siempre hablaba en plural pero trabajaba solo en la peluquería unisex Tarzan´s Braids, Trenzas de Tarzán. El nombre era en inglés porque tenía intenciones megalómanas de expandir su negocio aunque, hasta el momento, seguía en la misma tienda que había abierto en su vecindario hacía ya once años. El propósito primigenio era extender sus innovaciones estilísticas por el vecindario, la comunidad, el país, el mundo, el universo…  Y a pesar de no haber superado la primera fase de expansión, tenía fundadas esperanzas en su proyecto cuyas fases tácticas había descrito en la obra basada en su propia experiencia, Estrategia de perfeccionamiento y difusión para Técnicos en Tratamiento Superficial de Folículos Pilosos.

Rudorífera se miró al espejo girando su cabeza hacia derecha e izquierda mientras Rupert X colocaba un espejo detrás para que ésta pudiera observar el cogote. Su gesto se arrugó, de pronto, en especial el entrecejo, formando un acordeón de color carne rojiza del que emergía sudor, cual filete arrugado y sangrante.
              -¿Qué tengo ahí? ¿Me ha vuelto a hacer usted el mismo trasquilón de siempre? –protestó indignada.
                -No es un trasquilón, es una innovación –respondió Rupert.
                -¡Menos mal que aquí me cuesta más barato porque sino no vendría!

Rudorífera abandonó la tienda con la innovación infravalorada en su pellejo cabelludo. Pero Rupert ya le había hecho una foto que incluiría en su libro el cual esperaba fuese valorado algún día.
Estaba contento mientras barría la mata rubicunda y gris que ensuciaba el suelo pensando que, por fin, eliminaría la tonsura de su peluca, completándola con la última broza de pelo que había obtenido de Rudorífera. Lo cual le había costado dos trienios como poco, dada su escasamente poblada cabellera. Así, se quito la peluca y almacenó el pelo en un cajón libre que tenía en la amplia estantería de material misceláneo.  

Era tarde, cerró la puerta y echó el cerrojo en Tarzan´s Braids, aspiró profundamente y a placer la polución del ambiente mientras su cabeza rasurada brillaba con la luz del foco de un coche que estaba aparcado en frente, junto a una tienda de alimentación que realmente era un casino clandestino nocturno y a las nueve se realizaba su segundo falso cierre. Un hombre grueso giraba por dentro el cartel donde se leía “Abierto” y volvía al interior iluminado tenuemente del cual se podían intuir los estantes repletos de bolsas de patatas con aceite de colza y bollos industriales de sucedáneos de chocolate. Rupert había entrado y sabía que, por muy creíbles que parecieran aquellas estanterías llenas de comida grasienta, no eran reales. Sólo eran dibujos imperfectamente realizados con las sombras mal colocadas sobre el cartón, que de cerca parecían una imitación innovadora y también cutre del arte impresionista. 

Hacia la una se colgaba un segundo cartel que acompañaba al “Cerrado” que no era más que un símbolo en forma de Q. Entonces, la gente sabía que podía pasar. Dentro las luces vibraban con el jazz con tecno que tocaba la banda invitada. Las paredes estaban parcialmente insonorizadas así que el ruido traspasaba los límites del local en demasiadas ocasiones, pero el casino gozaba de la connivencia del vecindario y Jack, el Trincho, vigilaba en la terraza de arriba por si pasaba la ronda de polis que no era la habitual. Así que, todo estaba en orden y Rupert dentro. 

La gente se agitaba al ritmo del jazz con tecno derramando las bebidas fosforitas por los escotes de tetas rebosantes y los cupiers repartían las cartas o giraban las ruletas, mientras los jugadores reducían sus bolsillos al tamaño de cucarachas fosilizadas. 

Rupert olfateaba a los sujetos que allí realizaban su esparcimiento intentando encontrar una cabellera digna de formar parte de su colección de cueros sustitutivos. Esta vez necesitaba algo fresco, nuevo, fuera del vecindario, de un color atípico dentro de su antología pilosa. La incidencia de los focos dificultaba su labor pero eso era algo que ya tenía previsto. Llevaba unas tijeras Jaguar escondidas en la manga con las que sajaba los mechones que intuía más interesantes dentro de la sala. Actuaba en la oscuridad, en los momentos de máxima concentración de los jugadores frente al veredicto final del dado o cuando el sujeto beodo estaba en su punto álgido de abyección. Entonces, podía llevarse su trofeo. 

Hubo un caso que le llamó especialmente la atención. Un sujeto hembra rubio platino tipo 54 en la colección de tintes Trend Crash Dye, sospechosa de una concentración de melanina débil y de eumelanina marrón considerablemente pobre. Rupert infería que los alelos no eran marrones, lo cual era verdaderamente escaso en el vecindario. Le interesaba grandemente. Intentó que sus ojos sobresalidos de emoción no le impidieran rajar un poco de aquella melena saltarina. Se concentró y cortó con imprudencia y escasa destreza, pero la foránea borracha no pareció percatarse. 

Salió con un cúmulo de pelambre cercenada muy mezclada en sus bolsillos henchidos de triunfo y caspa, algunos de los mechones aún estaban unidos a porciones de carne sangrantes, probablemente de alguna víctima intoxicada. Pero todo ello era en pro de su obra y del beneficio de la humanidad en cuestiones de estética y peluquería. Abandonó el casino clandestino y Jack, el Trincho, gritó al verle salir.
                -Eh, Rupert, lo mío, ya sabes –e hizo un gesto en el que simulaba rajar su garganta con un dedo.
                -Ey Trincho, hoy no tengo monedas –gritó Rupert, desde abajo y sacó un billete del bolsillo interior de su chaqueta –te lo dejo aquí. –Rupert introdujo el billete en una rendija de la fachada donde había una decena de ellos metidos.
                -Que Dios te lo pague –respondió Jack mientras Rupert se alejaba.
Despertó unido a sus mechones recién adquiridos con los que había tenido sueños impúdicos.  Pensaba especialmente en la cabellera del sujeto hembra de sospechoso tono rubio platino natural y en cómo atraerla hacia su objetivo. Comprobó la mata de pelo desordenado que se había esparcido por su colchón, sus mangas y su cuerpo, provocándole picores que controlaba mentalmente para concentrarse en su prioridad: verificar que había obtenido una muestra de pelo rubio platino real.  Estaba en el suelo, brillaba en la sombra, lo cogió y lo alzó a la luz de su lámpara de tungsteno. Entonces, el destello del color amarillo sin artificios penetró en sus ojos de peluquero obsesivo.  Sonrió muy ampliamente y se guardó el mechón en el bolsillo. 

Al alba un tumulto de señoras gritaban agolpadas a la entrada de Tarzan´s Braids. Golpeaban la puerta exigiendo que se abriera, probablemente avergonzadas de sus indomables pelos que abultaban desordenados como tumefacciones infecciosas de kilométricas raíces grises.  Como de costumbre, se levantaban antes del amanecer con el fin de que el desastre de su precaria cabellera no fuera advertida por ojos humanos. Por eso Ruper X abría a las seis de la mañana en invierno y a las cinco en verano. Era el peluquero más flexible del vecindario. El único que mantenía un pacto de silencio con sus clientes y no rebelaba sus oscuros secretos vergonzantes ante los demás. Toda esa generosidad, a cambio únicamente de quedarse con el cabello cortado. 

Rupert X les dejó fuera esperando unos segundos, ese día su prioridad era encontrar al sujeto hembra rubio foráneo, mientras éstas dejaban sus babas sobre el cristal. Por fortuna, el peluquero había encontrado el antigrasas perfecto para combatir este tipo de manchas. Miró su lista de pelucas y decidió que ese día usaría el tono castaño gris rizado que le favorecía con la camisa de cuadros pardos.
Las clientas penetraron en cascada dentro de la peluquería exigiendo ser peinadas en primer lugar. Rupert las colocó por orden del cabello más natural al más artificial, ante lo cual algunas protestaron, pero viendo que la hora avanzaba y el amanecer se acercaba dejaron de lanzar invectivas y se sometieron a las tijeras de Rupert X  con velocidad.
                -Oye, Rupert, querido, mira –comenzó a decir Jroni cuando Rupert X se disponía a inyectar sus tijeras dentro de la maleza de la clienta –esta vez no es necesario que hagas innovaciones, vamos quiero decir, querido –mientras hablaba lo hacía con una sonrisa muy hipócrita que Rupert sabía identificar, por eso mantenía las tijeras alzadas encima de la mirada miope sin gafas de ésta. –Bueno, no quiero que te enfades es solo que querría parecer un poco más normal que la vez anterior. Quiero decir, prefiero que no me hagas ese trasquilón tan… de moda de siempre, puedes hacerme todo lo demás, pero…es que, mi marido…
                -No es un trasquilón ni está de moda. Es mi seña, mi marca y es preciosa. Te favorece, en especial a ti. Sería una tontería que la despreciaras cuanto te hace parecer realmente guapa. -De pronto, Jroni se ruborizó y sonrió en exceso con intentos fracasados de controlarlo.
                -Bueno, si es así, querido, déjalo. 

Una a una las señoras fueron saliendo de Tarzan´s Braids, colocándose las gafas de sol y emergiendo a la luz para retornar a sus hogares recién peinadas. Tras la última de ellas, emergió Rupert X a la realidad del vecindario, con sus gafas de aviador negro opaco y el mechón de pelo rubio platino enrollado en el llavero con el que cerró la tienda. Jroni cruzaba la calle delante, con la marca en la parte de atrás.
De pronto, alguien le observaba desde la terraza de enfrente. Un hombre de pelo corto castaño número 33 del Mascarpone Tinte sección Brown que no conocía. Su cabeza giró pronto hacia Jroni con el ceño fruncido, parecía que seguía al cogote de la señora hasta el final de la calle.  

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